Más real, menos perfecta

Durante mucho tiempo pensé que el perfeccionismo era mi mayor fortaleza.

Crecí creyendo que si iba a hacer algo, tenía que hacerlo perfecto.

Que si hablaba, tenía que decir lo correcto.

Que si me mostraba, tenía que verme bien.

Que si soñaba, no podía fallar.

Viví midiendo cada paso.

Corrigiéndome antes de intentar.

Callándome para no equivocarme.

Exigiéndome incluso en los momentos donde lo único que necesitaba era descanso.

El perfeccionismo se disfrazó de disciplina, de responsabilidad, de “querer ser mejor”.

Pero con el tiempo entendí que no venía del amor… venía del miedo.

Miedo a fallar.

Miedo a no ser suficiente.

Miedo a decepcionar.

Miedo a no encajar.

Y nadie te habla de eso.

Nadie te dice que el perfeccionismo también cansa el alma.

Que te mantiene siempre persiguiendo una versión de ti que nunca llega.

Que te roba la paz del momento presente.

Que te hace sentir sola, incluso cuando estás rodeada de gente.

Puse expectativas irreales sobre la vida, sobre los demás y —la más pesada— sobre mí misma.

Y cada vez que no alcanzaba ese estándar imposible, me castigaba.

Con culpa.

Con comparación.

Con silencios internos que decían: “No es suficiente… tú no eres suficiente.”

Eso duele.

Eso lastima.

Eso desgasta.

Hasta que la vida, como siempre, me llevó a rendirme.

A través de la maternidad, del cansancio profundo, de los cambios que no se pueden controlar, de los sueños que se transforman y de versiones mías que tuvieron que morir para que otras nacieran.

Ahí entendí algo que hoy sostengo con el corazón abierto:

✨ La perfección no sana. La honestidad sí.

✨ El error no destruye. Enseña.

✨ Lo imperfecto también es sagrado.

Aprendí a amar los momentos como llegan.

No como “deberían” ser.

Con ojeras.

Con lágrimas inesperadas.

Con risas desordenadas.

Con días lentos.

Con fe que a veces duda, pero nunca se va.

Hoy ya no me castigo por no llegar.

Hoy me abrazo por intentarlo.

Ya no me exijo desde la dureza, me permito desde la compasión.

Me permito vivir sin tener todo resuelto.

Me permito aprender sobre la marcha.

Me permito descansar sin sentir culpa.

Me permito ser humana.

Hoy elijo la presencia sobre la perfección.

La verdad sobre la apariencia.

El proceso sobre el resultado.

Y ahora amo más esto.

La vida real.

La mujer real.

La historia que no está editada.

Porque fue justo cuando solté la necesidad de ser perfecta…

que empecé, por fin, a vivir. 🤍

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