Cuando los recuerdos hablan 💭

¿Alguna vez han estado en medio de una conversación tranquila, y de repente aparece un recuerdo que los bloquea? Ese tipo de memoria que hace que tu cuerpo entero se paralice.


Bueno… justo ayer me pasó. Tenía años que no me sucedía, pero de la nada, mientras platicaba con mi esposo de todo y de nada, se me ocurrió preguntarle a mi mamá por mensaje de texto algo muy simple: “¿Qué fue lo que pasó, mami?”

En ese instante, mi mente intentó buscar la respuesta, pero no encontraba el origen. Yo era muy, muy pequeña, quizá unos 4 años, y no recordaba con claridad. Lo que sí regresó a mi memoria y que estoy segura había bloqueado por completo fue una escena que me marcó para siempre.

Por esas edades entre 3 y 5 años, mi hermano (tres años mayor que yo) y yo fuimos testigos de cómo unas vecinas atormentaban a mi mamá. No exagero: tres mujeres la perseguían, la insultaban y amenazaban constantemente. Recuerdo a mi hermano y a mí corriendo desesperados, tocando puertas de vecinos para pedir ayuda.
Mi mamá, para los que la conocen, es una mujer chiquita, delgada, dulce, amorosa, pero con una convicción enorme. Imagínense lo que era verla frente a mujeres que le doblaban el tamaño, gritándole y persiguiéndola con lo que tuvieran en la mano. Yo la veía esconderse detrás de los carros, y hasta hoy puedo escuchar los gritos. Literalmente, creo que fue mi primer encuentro con el bullying, con el miedo… no, con el pavor. Pavor de lo que el ser humano puede llegar a hacer cuando está herido, cuando busca someter o lastimar a otros.

No recordaba nada de esto hasta ayer. Cuando volvió a mí, mi cuerpo se puso rígido, las lágrimas salieron solas, y me tapé los ojos con vergüenza, pensando: “¿Cómo es que estoy llorando enfrente de mi esposo por algo que pasó hace tanto?”Pero lo cierto es que duele. Me dio impotencia, coraje… porque ni mi mamá, ni mi hermano, ni yo merecíamos pasar por eso. Y sin embargo, esas experiencias marcón mi vida.

Al preguntarle a mi mamá cuál fue la causa de todo, me contó que hubo un problema con un intercambio de bienes raíces. Cuando mi papá se negó a aceptar condiciones fuera de lo acordado, estas mujeres comenzaron con las amenazas. Así, por un conflicto que ni siquiera tenía que ver con nosotros, mi mamá y dos niños terminamos pagando las consecuencias.

Al reflexionar, entendí algo: esa experiencia sembró en mí una necesidad muy fuerte de defender, proteger y cubrir a los demás. Pero también, desde ahí aprendí a tolerar y justificar abusos, especialmente de mujeres que se sentían “superiores” a mí. Porque cuando algo así ocurre, me paralizo, revivo esa sensación, y mi única reacción es llorar sin saber qué hacer.

Después de recordar todo esto, le escribí a mi mamá y le conte lo que sentí. Como siempre, con su sabiduría, me respondió: “Ya quedó en el pasado. Fue horrible, sí, pero tengamos gracia con ellas. Seguramente estaban más lastimadas, cargaban heridas que no supieron manejar.”
Esa es mi mamá: siempre justificando, siempre perdonando. Y quizá por eso yo también soy así.

Pero aquí me nace la pregunta: ¿qué tan bueno es vivir así? ¿Hasta qué punto está bien perdonar y justificar… y en qué momento también debo aprender a poner un límite firme?

Lo que quiero dejar con todo esto no es una historia de víctima, sino una invitación: todos tenemos recuerdos hermosos y también memorias dolorosas que nos marcan. Lo importante, cuando resurgen, es detenernos un momento, analizarlos, identificarlos, permitirnos sentir, y desde ahí iniciar el camino de sanar.

Hoy escribo esto con lágrimas en los ojos y con tensión en el cuerpo. Sé que me espera un largo camino de sanación y aprendizaje. Pero también sé que cada paso que damos hacia sanar nos hace más libres, más conscientes y, sobre todo, más humanos.

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