Tal vez nunca fue que no lo vi

Durante mucho tiempo pensé que la pregunta era por qué me había pasado todo aquello. Quería entender en qué momento comenzó, cómo llegué ahí y por qué alguien pudo mentirme durante tantos años.

Pero últimamente he comenzado a preguntarme algo diferente.

Tal vez nunca fue que no lo vi.

Porque si soy honesta, las señales estuvieron ahí desde el principio.

Las vi.

Las sentí.

Las cuestioné.

Hubo momentos en los que una voz dentro de mí me decía que algo no estaba bien. Momentos en los que sabía que esa relación no se sentía como hogar, que había diferencias demasiado profundas, heridas que seguían apareciendo y necesidades que nunca terminaban de ser escuchadas.

No era falta de intuición.

No era ingenuidad.

No era que no me hubiera dado cuenta.

Entonces la pregunta cambia.

Si lo vi, ¿por qué me quedé?

Y esa es una pregunta mucho más difícil de responder.

Porque me obliga a mirar hacia mí.

Me obliga a reconocer que, aunque no fui responsable de las mentiras, sí necesito entender por qué aprendí a permanecer en lugares donde ya no quería estar.

Quizás porque confundí amor con sacrificio.

Quizás porque aprendí que ser una buena persona significaba aguantar un poco más.

Quizás porque me enseñaron que rendirse era peor que sufrir.

O quizás porque durante mucho tiempo me preocupé más por decepcionar a los demás que por decepcionarme a mí misma.

Me preocupaba admitir que me había equivocado.

Me preocupaba lo que otros pensarían.

Me preocupaba fracasar.

Me preocupaba romper algo que había invertido años construyendo.

Y en medio de todas esas preocupaciones, olvidé preguntarme algo mucho más importante:

¿Qué necesito yo?

Porque mientras intentaba entender a los demás, justificar sus acciones o encontrar explicaciones para lo que hacían, fui ignorando las explicaciones que mi propio corazón me daba.

Ahora veo algo que antes no veía.

Tengo una enorme capacidad para soportar.

Para adaptarme.

Para encontrar la forma de seguir adelante.

Y aunque esa fortaleza me ha ayudado a sobrevivir muchas cosas, también se ha convertido en una trampa.

Porque cuando eres capaz de soportar mucho, a veces soportas demasiado.

Te quedas más tiempo del necesario.

Das oportunidades que ya no quieres dar.

Intentas reparar cosas que no te corresponde reparar.

Y terminas creyendo que irte es un fracaso.

Pero quizá irse no siempre es abandonar.

Quizá irse también es una forma de amor propio.

Quizá terminar algo no significa que no luchaste suficiente.

Quizá significa que finalmente te escuchaste.

Hoy ya no quiero preguntarme únicamente por qué otras personas hicieron lo que hicieron.

Quiero entender por qué me cuesta tanto creer que mis razones son suficientes.

Por qué necesito justificar mi dolor para poder marcharme.

Por qué siento culpa cuando algo dentro de mí ya sabe que es momento de cerrar una puerta.

Porque tal vez la lección no está en aprender a identificar las señales.

Eso ya sé hacerlo.

Tal vez la lección está en confiar en mí cuando las veo.

En creer que mi incomodidad importa.

Que mi tristeza importa.

Que mi paz importa.

Y que no necesito una tragedia para justificar una despedida.

Quizás sanar sea aprender que cuando una parte de mí lleva años diciendo “ya no quiero estar aquí”, esa razón, por sí sola, ya es suficiente.

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Haciéndome responsable de mi parte